No sé porque motivo recuerdo, siempre, con emoción aquella pequeña casa de alquiler en la que nací, tal vez porque en ella transcurrieron la mayor parte de las vidas de mis abuelos paternos, Luz y Carlos, o simplemente porque fue la casa en la que yo vi la luz por primera vez, un lejano 30 de marzo de la segunda mitad del pasado siglo, ¡cuán lejos sé ve todo! Y ciertamente la lejanía me hace ver todo aquello como algo enraizado en las más íntimas entrañas de mi ser y a la vez como algo distante, una historia que forjo mi imaginación, para satisfacer mi enorme necesidad de contar historias.
La casa estaba situada cerca de la plaza del pueblo, en la bifurcación de dos caminos: uno que llevaba a un túnel, en el que se decía que aún quedaban bombas escondidas de la pasada guerra civil española, y otro camino alegre y claro que llevaba hasta la Punta Lucero. Nunca me atreví a entrar en aquel túnel cargado de fantasmas y leyendas, pero adoraba subir a la Punta Lucero. El camino era sinuoso y repleto de ese tipo de piedras que le destrozan a uno la planta de los pies, sobre todo los de una niña de dos años calzada con delicadas sandalias hechas más a la medida de elegantes aceras capitalinas, que de los senderos de aldea. Era mi abuelo el que me llevaba a dar aquel agradable paseo, que a mi se me antojaba festivo y jovial. El sendero estaba bordeado de zarzales repletos de moras, que el bueno de mi abuelo iba recogiendo para que yo las comiera, como una auténtica delicia culinaria. Las moras eran dulces y sabrosas, y yo disfrutaba juntando un montoncito y comiéndolas posteriormente todas a las vez, de tal manera, que aquellas manos infantiles quedaban tintadas del color encarnado de las moras, impregnado de la misma tonalidad todo aquello que tocaba: cara, vestido, todo, absolutamente todo, lo que ponía a prueba la indiscutible paciencia de mi abuelo.
El abuelo Carlos era el mejor de los abuelos, bueno en realidad no se llamaba Carlos, se llamaba Juan, pero todo el mundo le conocía por Carlos, su madre, Melitona Marquina, siempre había sido carlista, y cuando el abuelo era niño ella decía, este niño es tan guapo como un príncipe, en concreto tan guapo como el príncipe Carlos de Borbón, así que comenzó a llamarle Carlos y así se quedó. Bueno, a mí me daba igual que se llamará Carlos, qué Juan, porque para mí era mi abuelo, el más abuelo de todos los abuelos del mundo y con eso era suficiente.
De Camino a Punta Lucero, mi abuelo combinaba la selección de moras maduras con la enseñanza de algunas canciones un poco subiditas de tono, canciones picantes que nunca se atrevió a cantar en ningún otro foro, que en el de la complicidad entre nieta y abuelo. Lo cierto era que nadie sospechaba esa habilidad artística de mi abuelo, tan serio y reservado en su vida diaria, hasta que un día a mí se me ocurrió canturrear las divertidas letrillas en presencia de mi otro abuelo José Revuelta, el militar, que quedó asustado ante algo que hoy en día sería catalogado como pueril y timorato, pero a pesar de las contrarias opiniones de los unos y los otros, a nosotros, los verdaderamente implicados nos complacía y entretenía.
Pues bien, entre moras y cancioncillas el abuelo y yo alcanzábamos la cima de aquella montaña, desde dónde se divisaba muchos de los pueblos de la margen izquierda y derecha de la ría del Nervión, entre los que se encontraban Santurce, Portugalete, Sestao, Las Arenas, y otros, aquella visión si he de ser sincera, la recuerdo de manera vaga, pero si mantengo claramente en mi memoria, la figura de un pastor sentado sobre una roca con su hogaza de pan y el queso, rodeado de ovejas. El pastor debía ser amigo del abuelo, porque siempre charlaba animadamente con él y me daba un trocito de queso que yo saboreaba con verdadero deleite. En verdad, ahora que contemplo aquellos paseos con la distancia que me da el tiempo, comienzo a ser consciente de que el camino a Punta Lucero era una auténtica ruta gastronómica tan de moda en estos tiempos que corren.
Este camino lo hicimos el abuelo y yo durante años, incluso después de irnos del pueblo, cuando el abuelo volvía a la vieja casa para orearla y recordar tiempos pasados. A mí me gustaba regresar a la casa con el abuelo, la vieja llave de hierro, mucho más grande que las actuales, y aquella pequeña puerta, que a mí me parecía enorme y que hubiera adquirido su verdadera dimensión si yo hubiera conseguido cruzarla desde mi metro setenta y cinco de adulta.
La casa era propiedad de Doña Rufina, la hermana del cura del pueblo. Doña Rufina era la dueña de la casa de mis abuelos de la mayor parte de los terrenos de la zona y en general de medio ayuntamiento y parte de lo que quedaba, la finca en la que vivía nuestra casera limitaba con nuestra humilde vivienda, desde el ventanuco de la escalera se podía divisar la enorme casa de Doña Rufina, repleta de árboles frutales y flores, una vez estuve allí con mi abuela, no recuerdo el motivo de la visita,
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