Artículo castellanista en Diario Palentino
PEDRO DE HOYOS ¿BANDERAS DE LUTO? Dice una encuesta de la generalidad Catalana que Castilla figura en el lugar de cola en cuanto a conciencia de la propia identidad, lo que viene a significar que nos importamos un bledo nosotros mismos y nuestros problemas. Me temo que es una verdad como un templo y que si así nos va es porque nos lo tenemos merecido. Hasta María Fontaneda, por mucho que luchen los aguilarenses en defensa de lo que consideran propio, está haciendo las maletas para abrir casa en el País Vasco y en Navarra, que es cosa que varios miles de castellanos más han tenido que hacer con frecuencia. Somos tan paletos, tan ridículamente aldeanos, que antes que nada nos consideramos palentinos, conquenses o zamoranos, sin acordarnos de que esto de las provincias es un invento artificial y postizo que Javier de Burgos se sacó de la manga una noche de insomnio. A Javier de Burgos lo mismo le daba poner una capital en Benavente que en Brihuega que en Talavera, el caso es que la cosa le quedara apañadita y que todas las provincias tuvieran una zona rica y una pobre, así, pa estar más repartiditos. Lo de menos era el tamaño, los habitantes, los pueblos, las comarcas. A pesar de lo cual segovianos sí y toledanos también, faltaría más. Y luego españoles, claro, a españoles no nos gana nadie. Somos más españoles que Don Pelayo, la camisa de Isabel la Católica o los testículos del caballo de Espartero. Y mientras tanto esa España, con la que yo también me identifico, ojo, nos persigue y maltrata, como la madrastra de Cenicienta, facilitando injusticias sangrantes, incluso en una Constitución que permite que la Ley no sea igual para todos los Españoles, que permite que existan paraísos fiscales a los que los señorones de los Bizcochos Unidos quieren trasladar emblemas como la fábrica galletera. Pero esto no parece importarnos, incluso las casas de Aguilar de Campóo lucen banderas rojigualdas con crespones negros, que es una absurda contradicción porque esas fábricas nunca saldrán de España, así que España no está de luto, es precisamente Castilla, indefensa ante el resto de España, la que debe vestirse de negro de los pies a la cabeza como las ancianas que van quedando en nuestros pueblos abandonados. Javier de Burgos proyectó varios mapas diferentes de las provincias españolas hasta que encontró uno que le satisfizo. La cosa le quedó bastante grotesca, dividiendo artificialmente comarcas naturales y grupos sociales y geográficos que siempre habían estado naturalmente unidos, a pesar de lo cual estas fronteras interiores que él se sacó de la manga han calado hondo y ahora no hay quien desfaga el entuerto. “Viva mi pueblo, que somos muy machos”, parece ser nuestra opinión. Bueno, y también la de “Muera el pueblo de al lao, que son unos desgraciaos”. Así que mientras “Viva mi provincia y viva España” es el triste grito de todas la autonomías castellanas, nuestro patrimonio cultural duerme el sueño de la injusticia eterna en lugares como el museo Marès, de Barcelona, lleno de arte de imagineros castellanos; y mientras tanto nuestro patrimonio humano trabaja en los altos hornos de Vizcaya, en las fábricas textiles del Vallés o en el puerto de Valencia; y mientras tanto los representantes sindicales de Galletas Fontaneda saldrán, con cara de fúnebre impotencia, de regatear penosamente con United Biscuits, resignándose a negociar cualquier cosa antes de que vuele María Fontaneda a, tengámoslo en cuenta, otros lugares de España favorecidos por la Ley y la Constitución. Permítanme terminar hablándoles de la carretera de Briñas. La carretera de Briñas separa Castilla y León del País Vasco. A un lado está Miranda de Ebro; al otro, Euskadi. Del lado de Miranda, campos yermos y tierras de labor; del lado de Euskadi, fábricas y naves industriales. ¿Por qué? Muy fácil: las industrias y con ellas el trabajo y el progreso se instalan donde menos impuestos se paguen. En Euskadi pueden decidirlo ellos mismos; en Castilla, no. ¿Cuánto tardará María Fontaneda en emigrar?
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