Tras los terribles temporales que azotaban la comunidad valenciana, y dado el volumen de trabajo, mi hermano y vuestro narrador, íbamos en busca del sol que nos permitiera trabajar. Unos de los lugares en los que teníamos que hacer fotos, era Bejís, pequeña población, 400 habitantes, del interior de la provincia de Valencia, a una hora de Segorbe, en el interior de las montañas que conforman la Sierra del Toro. Esta población, fue enclave Ibero y posteriormente romano. Los turcos remodelaron los pequeños vestigios que quedaban para alzar sobre una de las montañas una fortificación, desde donde lanzarían sus tropas hacia el interior de Teruel, (muy cerca a esta población), y hacia el norte de la comunidad. En la reconquista, se utilizo este punto para abastecimiento de las tropas cristianas de paso. El pueblo fue creciendo por la loma sureste de la montaña, aunque no excesivamente. Dotado de los restos del castillo, este bonito pueblo montañés, posee una ermita, alzada en pro de la patrona del pueblo, y una iglesia no menos atractiva, también, a las afueras podemos contemplar los restos de un acueducto romano. Calles empinadas y una preciosa plaza central donde podemos encontrar el nuevo ayuntamiento, y donde se desarrollan la mayoría de las actividades sociales de este lugar. Este pueblo ganadero actualmente vive de el trabajo que les ofrece la embotelladora de agua que, a escasos kilómetros, cerca del nacimiento del río Palancia, da vida a la región. Pues bien, llegamos ahí por la mañana, y al encontrarnos con el cielo encapotado, decidimos tomarnos un descanso y esperar que este mejorara. Dejamos las cosas y dimos un paseo por el pueblo, conociendo a los lugareños los cuales rebosan amabilidad. Mientras degustábamos un vinito y pensábamos en que hacer al respecto del trabajo, pude ver un cartel donde entre letras, había la efigie de un toro. Al acercarme, pude leer, Viernes 10 toro embolado. ¡¡¡---, pero si esto es hoy!!!, si queridos amigos, seguro que estáis pensado, -“que coincidencia”, pues si, justamente una de las fiestas populares del pueblo, así que decidimos quedarnos a pasar la noche ahí, ya que no parecía que el tiempo fuera a mejorar. En la fonda bar donde estábamos nos dieron alojamiento y de esta forma ya cambiamos el chip y nos lanzamos al disfrute de la estancia. Llegada la noche, y tras una estupenda cena, nos lanzamos a la barra y al disfrute de la compañía de los que por ahí entraban. A las doce de la noche, con la plaza principal vallada y repleta de gente, un camión aproximo un tremendo ejemplar a un pilar central, donde se le colocaron las borlas y tras encenderlas se le soltó. El animal recorría la plaza persiguiendo a los osados mozos que entre recortes y carreras hacían las delicias de los que no nos atrevíamos al desplante. Lo cierto es que fue mejor así, ya que para esa hora, ya habían caído infinidad de copas así como el vino de la cena y eso podría haber creado en mi una desinhibición del miedo exagerada y nublando mi cordura, haber saltado a la plaza a demostrar mi gallardía, que a buen seguro, habría sido triturada a cornadas ya que los reflejos y la velocidad de reacción estaban muy mermadas. Tras el espectáculo del toro, nos dirigimos a una improvisada discoteca donde la juventud ponía en practica sus ultimas creaciones en bailes. Precios populares en las bebidas y entre temas de los chicos de Operación Triunfo y demás éxitos del momento se nos hicieron las 4 de la mañana. Retirada a reposar ya que al día siguiente, a las 8 de la mañana salíamos pitando a aprovechar los pocos rayos de sol que se nos brindaron.
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