Desde mi infancia y hasta la actualidad, una de las atracciones más curiosas de la Villa de Bohoyo es ir a ver pasar las cabras. Bohoyo ha contado siempre con dos grandes rebaños de cabras. El primero y único que queda en la actualidad era el dirigido por "EL DE GENE", nombre heredado de su padre, un pastor "profesional", dedicado unicamente al pastoreo de cabras desde su más tierna infancia. "EL DE GENE" no es precisamente un chico avispado, ya pasa de los 40 años, no fue a la escuela, pero es un sabio conocedor de la extensa sierra de Bohoyo y de sus cabras; podríasele denominar un catedrático caprino. Buena gente. El otro rebaño con que contaba Bohoyo, ya ha desaparecido en la actualidad, era el compuesto por todas las cabras que aportaban los muchos cabreros pequeños que había en el pueblo. Por la mañana temprano, se reunían todos en la plaza llamada del "Campillo" y allí aportaban cada uno sus cabras al rebaño y siguiendo un turno, cada día era un cabrero el que se encargaba de llevar el rebaño a la sierra. Al caer la tarde, todas las cabras llegaban al pueblo, con un olor apestoso -a cabra claro-, con la cabeza bien alta por el deber cumplido de haber llenado su ubres y sus changarros y cencerros sonando por doquier, todas ellas y alguno de ellos atravesaban el pueblo camino de su casa. Cada una sabía donde tenía que ir, su poca inteligencia no las fallaba y por fín llegaban a su cuadra, donde las esperaba el amo, con la lechera de chapa, y hasta un callo en el dedo de tanto ordeñarlas. Una vez llena la cacharra de la leche, y orgulloso de sus cabras, el paisano se dirigía a su hogar con una gran sonrrisa e incluso algunas veces con un cabritillo bajo el brazo. El pasar de las cabras de Bohoyo es algo que no se puede olvidar. Ven a mi pueblo y lo podrás observar.
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